Desde la ventana de mi habitación, se cuela la noche sin pedir permiso. Suelo mirar, al hacer una pausa, mientras escribo, a la calle, perderme en el misterio nocturno, con sus calles vacías y sus cielos llenos de estrellas, relajarme contemplando la quietud y la calma que trae la oscuridad...
Ayer, en mitad de una de esas pausas, tuve un extraño encuentro visual con un señor, que rompió la habitual soledad de la luz de la luna. Vestía ropa de sport y parecía limpio y aseado, pero, sentado desde esta misma silla en la que me encuentro ahora, pude ver cómo este noctámbulo extraño, hurgaba en los enorme cubos de basura que adornan mi habitual vista nocturna. (Sí, frente a mi ventana se encuentran tres contenedores de basura, generalmente a rebosar, que no suelo citar por mantener el componente romántico de la noche, si es que la noche aún entiende de romanticismo).
Este hombre sacaba las bolsas de basura de mis vecinos, (tal vez, incluso, la mía), las abría con cuidado, y las volvía a depositar en los contenedores, con el mismo mimo y cuidado con el que un enamorado acariciaría a una estrella. De vez en cuando, al encontrar algo de su interés, lo separaba del resto, y volvía con su apasionante búsqueda. Durante los diez largos minutos que estuvo mirando por las bolsas y desperdicios, no pude apartar la vista de él. Me preguntaba qué llevaría a un hombre, de madrugada, a hacer algo así: ¿la necesidad?, ¿la simple curiosidad? ¿algún hobby extraño que escapaba a mi simple entendimiento?
Cuando pude comprobar que, todo lo que había separado del resto, era ropa, no pude más que enternecerme...
Verdaderamente, aquel hombre lo hacía por necesidad: buscaba ropa para resguardarse del cruel frío nocturno. (Sí, también la noche trae vientos gélidos que, del mismo modo que antes, he preferido no citar, por seguir otorgando romanticismo a esta noche de frío y basura).
¡Qué injusta puede ser la vida, para dejar a un hombre al abrigo de los deshechos! ¡Qué fatalidades habría tenido que sufrir para verse obligado a mendigarle a un cubo de basura! En la necesidad se esconde la fortaleza humana...
No pude evitar una pequeña sonrisa; los actos de aquel hombre me parecieron, en aquel momento, más hermosos que la misma noche.
“Todo esto que estás viendo”, dijo La Voz, “te parece muy hermoso porque estás al otro lado de la ventana...”
