Tengo tatuada una sonrisa.
La tengo en el brazo derecho, justo en la misma posición que el personaje de mi novela (los que me conocen saben, realmente, que esa sí que es la mía): El as de corazones.
La tengo grabada en la piel por una simple cuestión metafórica: lo que nos transforma siempre nos deja una huella, una cicatriz, una marca que nos recuerda que algo ocurrió, que algo se transformó en nuestra rutina, para hacernos sentir más vivos.
