jueves, 23 de octubre de 2014

Hasta luego, cocodrilo

Este autor, que aquí abajo firma estas letras salvajes, antes de encontrar el amor y la compañía en los brazos de las musas, tuvo a bien el ser hombre vulgar (de vulgo, no de desarraigo cultural), y sufrir, en sus carnes propias, el abandono del amor, de la amistad y del cariño por parte de familiares, novias y amigos, palabras, todas, dulces, amables y necesarias que, de no ser por esta caterva de caimanes que pretenden ser cocodrilos, de los que en breve hablaré, deberían escribirse siempre en mayúsculas.


A todos los que se atrevieron (hay que ser valiente o, en caló: gilí… gilipollas, vamos…) a prometer compañía y ofrecer gélido vacío, les dedico estas palabras, cariñosas y alejadas de todo rencor: no en vano,  sin ellos, sin su cariño edulcorado, sin sus abrazos que arañan, sin sus palabras mal escogidas y sin el filo peligroso de su sonrisas, yo no serían quien soy y, aún más grave para el escritor, no habría aprendido a escribir, ahora sí, con todo su significado y muy alejadas de ellos, palabras como FAMILIA, AMOR y AMISTAD en mayúsculas. 

¡Va por ustedes!

“Queridos todos:

Ya que, en su día, tuvisteis la decencia de aparecer en mi vida para, después, por motivos que no vengo a discutir ahora, esfumaros como si mi cercana presencia os fuera a privar del aire, tengo a bien el agradeceros todas las enseñanzas que vuestra vileza me otorgó y que, solo después de las lágrimas, uno comienza a ver más claras.

Lo cierto es que, quien de aquí se marchó por considerar mi compañía más peligrosa que la del mismísimo satanás, poco o nada debió de conocerme para confundir el mal genio con constantes enfados y la ingenuidad con la mala sangre. Sin embargo, gracias a su huida hacia adelante, supe que camina más rápido quien de más peso se despoja pero que, al final del camino, nada se lleva salvo atisbos de compañía, ahogada en insidiosa soledad.

Quien no me dio más oportunidades, por considerar haberme dado ya suficientes, olvidó que el cariño es un concepto abstracto que se hace real en detalles como la paciencia ilimitada, la fe en la persona a la que se ama o la compañía en el proceso de mejora. 

Tal vez alguien entendiera que no existía voluntad, por mi parte, a la hora de cambiar lo que, evidentemente, andaba mal en mis pensamientos y acciones, lo que deja en evidencia su falta de comprensión y empatía pues, queridos todos, nunca desee más vuestra sonrisa que cuando más parecía empeñado en borrarla.

Hubo también quien, tras ademán cabalístico, quiso montarse en el tren de las acusaciones, donde en cada parada se echa mierda a la espalda del otro, y nunca hay un destino concreto. Gracias a estos viajes conocí que el fin último de caminar juntos, es gastar a la vez los zapatos, las experiencias y hasta el rumbo.

Por último, hablaré de vuestras palabras; las palabras son armas terribles que, usadas con mala intención, pueden causar un daño atroz, pero nada parecido al dolor de una palabra que, pronunciada con convencimiento, se convierte en  promesa jamás cumplida. No os tildaré de terroristas del sueño, ácratas de la emoción o verdugos de la ilusión, pero lo cierto es que la ingenuidad que me sustenta, entre letras y locuras, se vio agraviada ante la petulancia de vuestras palabras, que anunciaban futuros nunca ciertos.

Es cierto que os advertí, en aquellos presentes pasados, tan cercanos al sueño, de que no era sano prometer lo que no se puede cumplir, pero vosotros insististeis, una y otra vez, y lo hicisteis tanto que pusisteis en juego la inocencia de quien muerde solo de fachada y no respira más que el aire de los imposibles, hechos posibles, al menos, en el corazón. No os culpo. Gracias a vuestras desafortunadas promesas entendí que lo que se quiere, para el futuro, nunca se anuncia y se construye solo a base de actos.

A los unos y a los otros, a los que se fueron y a los que siguen ahí, aunque en otro estado, de otro modo mucho más gris e insano: GRACIAS. Formáis parte de mí (y puede que eso os moleste más que cien insultos). Sin el eco de vuestros nombres, mi conocimiento no daría más que para escribir en minúsculas palabras que, gracias a la ilusión que me regaló vuestra existencia a mi lado, me hicisteis vivir en mayúsculas.

Solo me queda despedirme de vosotros. 
Hasta SIEMPRE. 
O, mejor, que nunca se sabe: hasta luego, cocodrilos…” 


PD. (No pasasteis de CAIMÁN)