Tengo tatuada una sonrisa.
La tengo en el brazo derecho, justo en la misma posición que el personaje de mi novela (los que me conocen saben, realmente, que esa sí que es la mía): El as de corazones.
La tengo grabada en la piel por una simple cuestión metafórica: lo que nos transforma siempre nos deja una huella, una cicatriz, una marca que nos recuerda que algo ocurrió, que algo se transformó en nuestra rutina, para hacernos sentir más vivos.
Ese tatuaje del brazo, para mí, es un recordatorio constante de la otra cicatriz (de las heridas curadas surgen nuevas formas hermosas) que, un día lejano, se formó en mi corazón.
Porque, sí, no solo en el brazo tengo tatuada una sonrisa.
Hace seis meses creí morirme de pena (alguna noche, incluso, soñé que mi tatuaje lloraba tinta de amargura y sueños rotos). Hace seis meses sentí que una parte de mí moría para siempre y que, por mucho que lo intentara, jamás iba a poder recuperarla. En aquellos días no había magia capaz de pintarme una sonrisa, ni ilusión que no venciera al desencanto. Los que me conocían de antes, no reconocían al Esteban de su presente, y miraban con miedo a mi futuro, por si el tiempo corría aún más lento que mis lágrimas.
Fue una época dura. Tal vez la que peor haya vivido, y lo irónico es que vino de la mano de alguien a quien le hubiera dedicado todas mis sonrisas y a quien no me quedó más remedio que entregarle todas las lágrimas. La consecuencia es que a mí se me secaron los ojos, y el entendimiento dio mano a la razón para aliarse en contra de toda esperanza. No encontraba motivo para sonreír.
Entonces me di cuenta de que yo tengo tatuada una sonrisa.
Aquí en el brazo.
Y aquí también, en el corazón.
También me di cuenta de que esta tremenda herida que viví hizo mi cicatriz más grande, porque ahora entiendo esa sonrisa como parte inseparable de mi identidad.
Soy lo que soy, y elijo ser una sonrisa que surge más fuerte cuando el corazón llora; tranquilo, mi vida, yo te secaré las lágrimas a golpe de ilusión, de calma, de besos robados al alba, de palabras dichas a destiempo a otros corazones que jamás entendieron tu magia.
Soy lo que siento, y elijo expresarlo más allá de tu mirada, corazón, más allá de la noche y de la tinta que gasté en cartas de amor que nunca se escribieron en mayúsculas, como si una ráfaga de viento las hubiera dejado desnudas de importancia.
Soy lo que vivo, y elijo vivir en ti, en tus sueños, en ese niño ingenuo que tiene a bien creer en las personas, hacerles felices, conseguirles imposibles y, sobretodo, pintarles sonrisas con los colores del AMOR.
Porque tengo tatuada una sonrisa.
Porque tal vez, esa sonrisa, sea la tuya.
Y sí, soy aquella vieja novela: “El as de corazones”. Y como un Esteban renovado que vuelve a sonreír, vuelvo a visitar sus páginas con el fin de hacerla más mía, de reescribirla y reinventarla. Tal vez de publicarla, ¿por qué no? En realidad, tanto da, lo importante es que cada uno de sus personajes seguirán teniendo vida propia en este Madrid bohemio y secreto que solo algunos vemos y que, todos, alguna vez, habéis intuido.
Un Madrid, una ciudad, un barrio de sueños, un simple callejón oscuro que brilla, en realidad, más que tus noches.
Porque tengo tatuada una sonrisa con la luz del AMOR.
“No te preocupes mi vida,
por tu AMOR vivo entre sueños:
soy tu as de corazones,
al menos, eso pretendo”.
:)
