
Cuando éramos más jóvenes, el mundo, a su vez, se nos antojaba más grande, más inaccesible, más secreto y exótico, repleto de magia y de tantas oportunidades, que resultaba imposible poder aprovecharlas todas. Ahora que sabemos que el mundo es un pañuelo, nos empeñamos en desperdiciarlas, en perder la inocencia que nos hacía disfrutar del efecto mágico, a favor de encontrar la técnica del truco. Somos aburridos (unos petardos, ¡vaya!), unos desencantados que se cuelgan la medalla del “yo ya lo sé todo” y del “tú no me vas a enseñar nada”.
Creemos que el mundo gira en torno nuestro, en una especie de teoría “ombligocéntrica” que seculariza ilusiones y sonrisas si ve la oportunidad de hacer negocio con ellas. Nos resguardamos en la cama mullida de nuestro ego, y dormimos el sueño del justo después de ser protagonistas de un par de injusticias. Es cierto que estoy generalizando pero, ¡eh!, soy el ombligo del mundo: ¡puedo hacerlo! Y no voy tan desencaminado como puedas pensar, que el destino, para muchos de nosotros, es ver nuestro nombre escrito, con la tinta de la codicia, en un gran letrero luminoso.
“Otra vez enrollándose como un loco”, pensarás (¿todos los locos se “enrollan”?), “otra vez soltando palabras gratuitamente sin dejar claro el tema principal del texto”, y en eso estarás acertando, que hasta el hecho de escribir, para un escritor venido a menos (¡eh!, ¿ese soy yo?), supone un acto hedonista que cultiva lo propio por encima de lo ajeno. No me importa si ya te has cansado de leer, probablemente no, aún apuesto por tu acervo cultural, ¡qué coño!, por el de todos nosotros (pese a que las parejas se salgan del cine tras quince minutos de película sin efectos especiales); no me importa, tampoco, si eres capaz de entender que hoy vengo hasta ti (me cuelo, estés donde estés, en tu mente, con la magia de mis palabras), para reivindicar el pequeño universo que gira en torno a mi ombligo.
Llámalo “ombligoterapia”, “ombliguing”, o incluso “ombligofullness” (sé que suenan ridículos pero, ¡oye!, ¿acaso otras ridiculeces de nombres parecidos no han terminado triunfando?). Llámalo como quieras. Solo te pido que jamás te mires el ombligo salvo para lustrarlo y lanzarlo al mundo, que tiemble la realidad, que el resto se descomponga, que solo existan por y para ti, de acuerdo a tu entendimiento y tus razones. No, no pienses que exagero. Mira a tu alrededor y entenderás que hasta me quedo corto.
Cuando éramos más jóvenes apenas teníamos ombligo (o al menos no le hacíamos tanto caso). Por eso el mundo era un lugar fantástico, porque no habíamos encontrado su centro, no entendíamos ese girar continuo (“el fluir de la vida”, dicen los gurús) y nos dejábamos atrapar por cualquier instante, por malo que fuera el truco que nos ofreciera.
Cuando éramos más jóvenes, y con esto termino (sí, así lo dicta mi ombligo, ¡allá tú con tus circunstancias!), lo que nunca podríamos haber llegado a imaginar es que esa parte del cuerpo que todos tenemos (dicen que todos menos Adán y Eva, en el caso de su más que improbable existencia), señal de llegada a la vida, de pertenencia a la familia, marca de unión, en definitiva, terminaría por separarnos, ante nuestra especial atención a sus detalles únicos.
Pasa como cuando nos centramos en el detalle del truco, que la magia termina por desvanecerse.