jueves, 1 de enero de 2015

Y tú que lo leas

Fotos de gente a la que no importas haciéndose los importantes, posando  como meretrices de prensa rosa y acompañando sus absurdas instantáneas con falsos deseos de amor, paz y felicidad para todos sus contactos, en el nuevo año que comienza.

Mensajes de texto manidos y carentes de originalidad, acompañados de la imagen presuntamente graciosa que felicita el año y que ya has recibido antes  de parte de doscientos contactos diferentes.


Pseudo-artistas y caras bonitas, en la televisión, mal cantando, en el  mejor de los casos, o esforzándose en sacar adelante un playback digno de un programa de humor, a juzgar por el vestuario, decorado y casposo ballet que acompaña a la innombrable, absurda y barroca escena.

Chistes sin gracia instantes antes de atragantarnos con las uvas en el decimonónico ritual que la sociedad moderna se enorgullece de representar cada treinta y uno de diciembre. 

Y luego, las transparencias de la Pedroche.

Dulce nochevieja, dulce época del año que ya no le pertenece, por llegar tarde, cuando, ya de agosto, solo quedan un par de fotos que terminarán por desaparecer de la galería del móvil de turno. Dulce noche, tan vieja como la supuesta joven que la sucede, tan oscura como vacía está el alma de quien firma con sangre cien propósitos de año nuevo que nunca llegará a cumplir.

No es que no me guste la nochevieja (de hecho me parece, dentro de lo absurdo del ritual, que encierra cierta magia), lo que no me gusta, lo que me llega a enfermar es la careta de ignorancia que insistimos en ponernos cuando el sol se marcha cada treinta y uno de diciembre. 

Toca beber, vestirse elegante, comer cordero asado (merluza, si tienes el instinto vegano), y brindar y disfrutar, aunque no quieras, con quien, tal vez, no quieras ni ver. Nos tragamos bochornosos programas absurdos realizados por los mismos productores de siempre, con los mismos presentadores de siempre (si Valle-Inclán conociera a Don Ramón García y a Doña Anne Igartiburu, olvidaría a Don Latino y a su Max estrella, sin duda, por ahorrarse el reflejo del callejón del gato), con los mismos malos artistas y actores de siempre (alguna honrosa excepción justifica el presupuesto del desaguisado), pero da igual, esa noche todo vale, hasta la vigésimo tercera reposición del capítulo especial de nochevieja de la serie de moda de turno.

Todo esto sería digno de mención (o de esperpento, ya que antes nombramos al maestro Valle-Inclán), pero lo que se lleva la palma, lo que realmente le quita todo el protagonismo es, como ya anticipamos, ese españolito que aprovecha el final del año para hacer borrón y cuenta nueva, y escribir, con la conciencia segura (pero de rápida fecha de caducidad), sus propósitos de año nuevo.

No estoy en contra de la nochevieja, ya lo vengo diciendo, pese a que mis palabras puedan sugerir lo contrario. Si vemos esa noche como un gran espectáculo, entonces me uno el primero a la fiesta, me pongo la máscara del todo vale y hasta me canto la última de Bustamante (lo prefiero a muchos otros). Digamos que me gusta el teatro. Lo que no me gusta es el teatro fuera del escenario. Para cada cosa, su sitio. Para cada momento, su lugar.

Si confundes la nochevieja con el momento propicio para hacer una parada y plantearte nuevos retos, entonces es que no entiendes que cada instante es el mejor para hacerlo. No necesitamos cotillón para tomarnos en serio al tiempo, que nos hace viejos cada noche, y nos ofrece un año nuevo con cada mañana. 

No criticaré al que aprovecha esta fiesta para proponerse sus objetivos, ¡qué demonios!, al menos se dio cuenta de la necesidad del cambio, algo bueno hizo, pero sí que me permitiré el lujo de darle una colleja (lingüística, al menos), al que cierre el libro hasta la próxima nochevieja, cuando la vida alce el telón y nos encontramos la misma representación rocambolesca de siempre.

Dije que me gustaba el teatro, así que dejaré por escrito el papel de mi personaje en este nuevo año que comienza, para que no me señalen con el dedo y me digan (acertando, sin saberlo), que soy un poco asocial. Mis propósitos para este año, a nivel laboral, pasan por sacar a la luz dos nuevas novelas: “El temblor”, una historia de misterio (¡siempre quise escribir una!), que está ya a punto, y “Siete pisos para amarte”, una novela absurda acerca del amor y del humor, mal entendidos ambos, con una moraleja final que, con eso me bastaría, bien pudiera pintarle una sonrisa al maestro Poncela.

Todo lo que venga, además de esto, será un regalo: una pequeña sorpresa teatral, formación específica, encuentro y enamoramiento mutuo con agente editorial, fans empeñadas en recordarme, en vivo, las transparencias de la Pedroche, etc.  

De todos modos, ¡da igual!, mañana volveré a plantearme si estos propósitos venían disfrazados para la fiesta o si, realmente, pueden acompañarme cada día de este año. Y si no es así, me conformaré, por lo menos, con que la próxima nochevieja del 2015 me pille escribiendo…


¡Eh!, y tú que lo leas.