
Cuando éramos más jóvenes, el mundo, a su vez, se nos antojaba más grande, más inaccesible, más secreto y exótico, repleto de magia y de tantas oportunidades, que resultaba imposible poder aprovecharlas todas. Ahora que sabemos que el mundo es un pañuelo, nos empeñamos en desperdiciarlas, en perder la inocencia que nos hacía disfrutar del efecto mágico, a favor de encontrar la técnica del truco. Somos aburridos (unos petardos, ¡vaya!), unos desencantados que se cuelgan la medalla del “yo ya lo sé todo” y del “tú no me vas a enseñar nada”.





