Hoy quiero dedicar unas palabras a mis adorables vendehúmos, esos pseudo-profesionales que aparecen, siempre, poseedores de la gracia divina y el poder necesario para transformar tu vida, la mía, y la del gato.
Vendehúmos, así, con tilde, según la RAE (esa institución tan añeja como necesaria), es un adjetivo atribuible a cualquier persona que ostenta privanza con un poderoso (o, al menos, eso dice), para vender su favor a los posibles pretendientes que pasen, incautos, por allí. Dicho de otro modo: los que vacilan de saber más que tú y que yo, y te venden sus favores, valiéndose de nuestra ingenuidad o, aún más grave, de nuestra necesidad.
Hoy en día la necesidad es una mala amiga que, pese a la paradoja, no necesita de nada ni de nadie para hacernos sentir inseguros, mediocres y tristes. Ahí está, no requiere de invitación, aparece cuando menos se la espera (nunca es bien recibida), y abre la puerta de nuestra casa con la misma facilidad con la que abre nuestros brazos (está comprobado que, el que más necesita, suele ser el que más entrega).
Ahí, cuando abrimos la puerta, o bajamos la guardia, tanto da, es cuando aparecen estos vendehúmos, con fanfarria y cabalgata inicial, con sus frases hechas y sus peroratas manidas que todos conocemos y que, perdonen una nueva paradoja, tanto necesitamos que nos digan: “Tú vales mucho”, “cree en ti”, “el futuro está en tus manos”, “puedes conseguir todo lo que te propongas”, etc.
No dudo de la veracidad de sus afirmaciones, pero sí de que sean ejemplo y motor para hacerlas reales. Ellos sueltan su frase, modulan su voz, dulce y aterciopelada, afirman con la cabeza cuando hablas (y repiten lo último que has dicho) con el fin de mostrarte su enorme capacidad de escucha, te miran fijamente y te transmiten confianza, poder y capacidad de acción. Probablemente no te hagan ningún mal, al fin y al cabo estarán ayudándote, pero lo cierto es que no te harán todo el bien que deberían.
La razón es simple: un vendehúmos no tiene vocación ni especial sensibilidad por el campo del crecimiento personal. Un vendehúmos solo tiene especial predilección por él mismo (suelen ser, la gran mayoría, víctimas de una baja autoestima que necesitan curar a base de halagos ajenos, aunque sean a modo de aplauso teatral y no de reconocimiento profesional, sin restar méritos a los profesionales del mundo dramático, entiéndaseme bien).
Un vendehúmos, además, solo tiene una vocación: vender.
Vender, vender y vender. Hay cierto acto de superioridad en la venta: el comprador se pliega a la voluntad del que vende, al precio y la calidad del producto que el vendedor impone. No quiero, desde aquí, teorizar sobre la posible baja autoestima de los que se dedican a la venta (cosa que no tendría ni pies ni cabeza), sino, más bien, rendirles sincero homenaje denunciando el intrusismo de quienes nada tienen que vender.
Y aún así venden. Venderían hasta a su familia. ¡Hasta humo venderían, con tal de vender!
Cuidado con los vendehúmos. Los podrás reconocer porque siempre tienen algo que añadir a lo que dice el resto, y, cosa curiosa, no hay un solo vendehúmos que sea humilde. La humildad no debe casar bien en ese juego de falsas apariencias que siempre están llevando a cabo. Un vendehúmos escribirá libros sin saber escribir (gracias a Dios, sabemos que más de dos faltas de ortografía en la misma página no es fallo de imprenta), dará formación (que venderá como universitaria) sin haber estudiado en la universidad, se presentará como conferenciante, después de tartamudear repetidas veces a la hora de saludarte, y, en cuanto le sueltes ante un grupo de personas para que hable, mostrará una falta de empatía total con el público (en ese momento, más que nunca, merecedor del adjetivo “respetable”).
Estimados vendehúmos: nada tenéis que ofrecerme. Y, dado que todo lo sabéis, nada tengo que ofreceros a vosotros. Ha sido un placer sacarme, de la chistera, unas cuantas palabras que tenía aquí dentro, cerca de eso que llaman razón y que, si se dejan reposar, pueden llegar a enquistarse en una sonrisa que, como el humo, termine por no servir ni para poner el punto y final a una conversación desagradable.
