domingo, 25 de mayo de 2014

Fierabrás

“…Si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sólo una gota se ahorraran tiempo y medicinas. ¿Qué redoma y qué bálsamo es ese? dijo Sancho Panza. De un bálsamo, respondió Don Quijote, de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna…” (Miguel de Cervantes Saavedra - El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha Parte I, Cap X)
¡Qué invento!, ¿verdad? ¡Un bálsamo que, de seguir leyendo la obra del genial Cervantes, sabríamos que es capaz, incluso, de curar un cuerpo partido en dos, en mitad de una batalla! ¡Quién pudiera saber la fórmula real de dicho bálsamo! (Don Quijote nos propone una, pero esta no pasa de provocar vómitos y poco más, que ni de placebo nos sirve).



Afortunadamente para todos, hoy en día lo tenemos mucho más fácil que en tiempos de hidalgos enfermos de locura (o de romanticismo), y es que basta con dedicar un par de minutos a estar presentes en nuestra propia realidad (esa que pocas veces vemos, por temor a perdernos el momento exacto en el que el futuro haga acto de presencia), para escuchar cientos de fórmulas secretas que dejan a la altura del betún el mágico elixir carolingio.
Echa un ojo a la tele (esto no es un consejo, solo es una medida extrema que sirve a mi argumentación) y verás que todos los programas están patrocinados por el producto definitivo, con permiso de los definitivos productos que pugnan con los anteriores, cuando el presentador (definitivo, por supuesto, si alardea de su homosexualidad o habla catorce decibelios por encima de la media), nos exhorta a no movernos mientras nos bombardean definitivamente. Todo lo que aparece en esa pantalla es la irrealidad hecha real, el bálsamo de Fierabrás capaz de curar todas nuestras heridas (y necesidades innecesarias).
Vale, tal vez haya sido demasiado para una primera petición: echar un ojo a la tele, hoy en día, es más peligroso que enfrentarse a molinos, aunque no son tales, sino gigantes audiovisuales peligrosísimos (léase Mediaset, solo a modo de ejemplo, que conste). Permíteme una segunda argumentación que te genere menos tensión, sacrificio y/o inconsciencia: visita alguna de tus redes sociales. ¿Qué?, ¡ah!, disculpa, debería haber previsto que tienes un par de pestañas abiertas con facebook, twitter, instagram (suma y sigue…) mientras lees este artículo. Eso suponiendo que no lo estés leyendo, directamente, a través de alguna de estas redes sociales.
Ahora busca las últimas actualizaciones de tus contactos. Espera. ¡Ahí! No hace falta seguir más, ¿no lo ves? Ahí está el perfil del típico pesado (o pesada) que no para de promocionar su producto y, ¿te has fijado?, casualmente es el producto definitivo (debido a su carácter único e incontestable, nuestro contacto nos lo recuerda cada diez minutos con mensajes de mierda que, comúnmente, llamamos spam). Es el bálsamo de Fierabrás, ahí, en nuestro tablón, a nuestro alcance, la fórmula secreta que nos va a hacer más felices, nos va a permitir ganar más dinero, encontrar al amor de nuestra vida (ese que tienes no vale), vivir más años (¿quién quiere vivir para siempre?) y hasta recuperar el pelo perdido (el de la cabeza, no el de la espalda, que para eso tomaste el elixir maravilloso de la fotodepilación).
“Fierabrás, Fierabrás…  ¿Para qué queremos más?” Llegados a este punto cabe preguntarse si nuestro destino es caer presos de las delicias extremas y fantásticas del elixir que tratan de vendernos, o nos hemos vuelto tan serios, responsables y con los pies en el suelo, que ya no creemos en sortilegios, elixires ni caballeros andantes. Cuidado, si te resistes abiertamente, estos desalmados pueden atacar con más ahínco que el vizcaíno que tumbó a nuestro ingenioso hidalgo.
Lo mejor es usar el sentido común, creer en lo que queramos, sin razones ni lógica aparente, como Don Quijote, que quiso creer en los sueños hasta el punto de hacer real el suyo. Creer en nuestro elixir o, ¡mejor aún!, crear nuestro propio bálsamo, uno que nos ayude a seguir sonriendo cuando la herida duela más en el alma que en “salva sea la parte”. 
¿Y qué hacemos con las voces definitivas que nos venden lo que necesitamos? Pues no necesitarlos salvo para darnos cuenta de nuestras necesidades. Suelen ser vendehúmos (estimados vendehúmos, yo os saludo de nuevo). Don Quijote no hizo caso a cura ni a barbero, ni siquiera a su fiel escudero, que acabó creyendo en el caballero de la triste figura, más por convicción que por ignorancia, y es que el bálsamo de Fierabrás, si se bebe con la fe y la ilusión necesaria, no curará heridas ni servirá de placebo, pero al menos nos mantendrá inmersos en nuestra aventura.

La de vivir creyendo en nuestra propia magia.