Tú ya no. Lo siento. Ya no existes para mí. Bueno, en realidad no lo siento tanto, porque ya te encargaste, en su debido momento, de condenarme al ostracismo más absoluto, marcándome como ser abyecto no merecedor de tu magnánima atención. Vamos, que me olvidaste tú a mí antes de lo que yo voy a hacer ahora mismito, que es olvidarte a ti, decirte: “tú ya no. Lo siento (ahora sabemos que esto último es por pura cortesía). Ya no existes para mí”.
