lunes, 6 de abril de 2015

Tú ya no

Tú ya no. Lo siento. Ya no existes para mí. Bueno, en realidad no lo siento tanto, porque ya te encargaste, en su debido momento, de condenarme al ostracismo más absoluto, marcándome como ser abyecto no merecedor de tu magnánima atención. Vamos, que me olvidaste tú a mí antes de lo que yo voy a hacer ahora mismito, que es olvidarte a ti, decirte: “tú ya no. Lo siento (ahora sabemos que esto último es por pura cortesía). Ya no existes para mí”.


En realidad siento no haberme adelantado a ti, no haberme ido yo primero, dándote en la jeta a tiempo para decirte que no vales ni la tinta que se gasta para escribir tu nombre, echarte en cara que te lo di todo y tú a cambio me diste a entender que yo no merecía nada, escupirte decenas de verdades para acallar tus cientos de mentiras.
Tú ya no. ¿Y quién es “tú”? “Tú” es quien no esté leyendo esto, o quien lo lea sin comentármelo de manera directa o, peor aún, quien llegue hasta el fin del escrito sin atisbo de nervios al reconocerse en ese “tú” que ambos conocemos. 

Ya me cansé de desaires, de ingratitudes, de lastres hechos personas, de exigencias y contubernios que nada aportan, más allá del dislate de haberte conocido, de haberte dedicado tiempo, ilusiones y espacio en la tarjeta sim de mi móvil, para apuntar un teléfono que nunca resultó pro-activo.

Adiós, que te den. Tú ya no. No en mi vida. Ni yo en la tuya, ¡qué demonios! Borraré mis contactos y haré como si nunca hubieras existido, y si algún día el destino quiere ponerte en mi camino, fingiré que nada pasa, que nada pasó, y te juro por la tinta que sangran mis palabras, que tampoco nada pasará, más allá de la pantomima de dirigirte una sonrisa forzada vestida con una mirada de desaire.

Voy a dejar espacio en mis redes sociales para los que quieren saber de mí, a mantener la ilusión de los que alimentan las mías, y a gastar mi tiempo en disfrutar de mi soledad antes que de las malas compañías (sin menospreciar la agradable sobremesa de quien se llama, realmente, amigo mío).

A todos los que prefieren tarde de domingo con novia oronda y perro escuálido, a la risa sincera de una cita anual, a los que se excusan con familias que les impiden vivir su propia vida y a todos los que no encuentran más razones, para relacionarse conmigo, que las de hacerme de menos o echarme cien ideas dementes a la cara… A todos ellos, decía: tú ya no.