jueves, 5 de febrero de 2015

Enterrando sueños

Decían, los escritores modernistas, que el mundo había perdido la esencia de lo sagrado, que ya no era capaz de dotar al arte de la suficiente importancia y que, en definitiva, la sociedad se había secularizado hasta el punto de olvidar a sus artistas. 

Tenían razón.


Obviamente, podemos decir sin tapujos que un cirujano, desde el punto de vista productivo, es mucho más importante, para la sociedad, que un poeta. Pero esta evidencia, ahora que los avances tecnológicos y científicos han relegado al arte a un segundo plano, no implica que la poesía (o cualquier otro pasatiempo artístico) no tenga la suficiente importancia.

"Hijo, tú estudia una carrera, que por lo menos tendrás algo seguro", escuchamos siempre que un progenitor, alabadas sean las musas, entierra los sueños adolescentes del incipiente artista, en pos de una seguridad laboral que le facilite, en un futuro remoto, el acceso a una vivienda (léase hipoteca), matrimonio feliz (o infeliz, que cada vez abundan más) y posición estable dentro de una masa social de borregos (vamos, que no le señalen con el dedo cuando salga a la calle).

"Pero es que yo quiero ser actor (o escritor, o músico, o...)", protesta el infante, con esos pájaros en la cabeza que le impiden ver que el mundo necesita más cirujanos que poetas. ¡La hemos hecho buena! En algún lugar, por culpa de esa productividad mal entendida, ya hay un escenario (o un libro, o una partitura, o...) un poco más vacío, un espectador menos convencido (no hablo de la broma del IVA) y, por consiguiente, una mente menos despierta, menos sensible, más incapaz de abstraerse al ingenio de llegar a operar, construir, diseñar (si es que llegara el caso), para hacer, de la sociedad, algo realmente sociable.

Decía el profesor Keating, en ese prodigio llamado "El club de los poetas muertos", que "la medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería... son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida humana. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor... son las cosas que nos mantienen vivos". 

Ciertamente. El profesor Keating tenía razón, y es que cada cosa tiene su importancia. No vamos a ser tan necios de negarle al artista la oportunidad de hacer arte, argumentando únicamente en base a la supuesta productividad de su desempeño, ¿verdad?

Pues no. La realidad es que estamos vendidos. Totalmente vendidos. Escritores, músicos, actores, pintores, artistas en general: ¡trabajad de una vez!, ¡vagos!, ¡maleantes!, lo que hacéis es vivir del cuento, del aire, ¡a cargar camiones os ponía yo!


  ¿Qué queréis que os diga? Al menos, los modernistas, tenían los santos cojones de seguir escribiendo (contra el mundo), y de morir, al fin, sin enterrar uno solo de sus sueños, siendo ellos mismos... Siendo poetas.