sábado, 5 de julio de 2014

Contigo y sin ti

Cuando el año pasado escribía CONTIGO en esta misma terraza en la que ahora estoy sentado, no pensaba que, pasado un año, trescientos sesenta y cinco días (con permiso bisiesto), y algún sueño perdido (que son los que más años pesan), iba a estar en la misma silla, la misma mesa, la misma posición, escribiendo, con la misma bebida al lado, las mismas palabras (a veces diferentes, casi siempre idénticas), pero con la certeza de saber que, en este mismo mar que baña la costa de esta ciudad de sueños, alguien estará, mañana mismo, mientras yo duermo las letras hastiadas de otra noche en blanco, leyendo mi libro. 


Ese libro que, hace un año, pergeñaba con ceño fruncido y absoluta soledad, incapaz de comprender que el acto de escribir, por ser complementario con el de leer, necesita tanto del que escribe como del alma lectora que complete el ciclo literario. Seamos sinceros (ya estoy cansado de mentirme siempre a mí): escribir sin publicar es perder el tiempo. No cuela eso de escribir para uno mismo, o el cuento del escritor bohemio que escribe por el mero hecho (¡oh!, ¡albricias!), de escribir (aquí los ingleses dirían algo así como: What the fuck?)

Escribir sin alguien que te lea es regalarle palabras a la nada y al tiempo. Y la nada, por ser nada, de nada necesita (y menos de palabras). Del tiempo no hablo, bastante tenemos con aguantar sus bromas, sus constantes salidas de tono y, aún peor, su considerable falta de delicadeza con la juventud, a la que pronto olvida, humilla y luego echa de menos. No, el escritor necesita de alguien que le lea, por mucho que vengan ahora a decirme aquello de: “corren malos tiempos para la lírica, chaval…”

Ciertamente, publicar es difícil, pero hay otros medios que suplen la dificultad a golpe de ingenio. No seré yo el que defienda la edición conjunta, la auto-edición o el blog-novela, por poner algunos ejemplos de lo que los nuevos tiempos inventan ante la demanda de lectores que el incremento de escritores trae consigo (hoy en día, cualquier lolita de quince años, sin terminar la ESO, puede declararse escritora… Eso sí, faltas de ortografía mediante). Y no seré yo el que los defienda, pese a ser valido de las virtudes de alguno de ellos, porque esa no es mi misión hoy. 

Hoy solo quiero recordar lo que el tiempo me robó hace un año (¿lo veis?, ¡el tiempo es un perfecto cabronazo!). Me refiero a mi soledad. La incertidumbre de necesitar lectores (y no saber cómo encontrarlos) para cada palabra que iba poniendo sobre el tapiz de CONTIGO. La preocupación ante la posibilidad de que cada párrafo cayera en el saco de la nada (que nada necesita). La soledad que me acompañaba al escribir una novela que, ya desde su título, apelaba a esa necesidad de compañía de la que hoy os hablo.

Hoy quiero regocijarme en esa sensación extraña de pasear por la orilla del mar y verte a ti, leyendo ese libro que ahora te acompaña, permitiéndome acompañarte. Hoy quiero invitarte a sentarte en esta mesa vacía, y a beber de mi copa por nuestra soledad mal entendida, por cada palabra a la que te invito y que me aceptas. Hoy quiero levantar la mano, llamar al camarero y pedirle lo que te apetezca, para agradecerte tu compañía.

Aunque mañana vuelvas a dejarme completamente solo.


Uno está solo incluso en su propia soledad” Marguerite Duras