Esta flor se llama Carmen, como su creadora.
Tenía cinco años (la niña, no la flor) cuando un cáncer de mierda, un puto cáncer que no había sido invitado a la fiesta llegó, se enamoró de ella, y decidió llevársela para siempre.
Yo no la conocí, pero los que tuvieron esa suerte dicen que era un amor. ¡Qué coño un amor!: ¡un AMOR!, en mayúsculas, como sólo se puede ser con cinco años, cuando la vida, cáncer incluido, no te ha enseñado a escribir con letras pequeñas tu propio nombre.
Una buena amiga la dijo, un día cualquiera, que dibujara una flor muy hermosa, la más hermosa que pudiera imaginar, que sería para mí, a quien no conocía, y que sería para algo muy importante. Nadie la dijo que la supuesta importancia iba a quedar, tan solo, en el lomo de la portada de una novela, y que este humilde (egoísta) escritor no iba a agradecérselo nunca.
Sin embargo, cuentan los que la vieron, Carmen cogió sus pinturas, cuando apenas le quedaban ya fuerzas, y comenzó a dibujar esta flor con toda la ingenuidad de la infancia, sin preguntas, sin atisbo de seriedad o dolor, embriagada por la importancia de aquella misión tan especial, como si el mañana no tuviera más importancia que la fuerza de su sonrisa, siempre presente, siempre inspiradora.
Creo que esta flor nació de aquella sonrisa.
Hoy, cualquiera que compre mi novela, la lea y la disfrute, la olvide o la odie, tanto da, podrá advertir que lo más valioso de su compra es esa pequeña flor que crece en el lomo, esa flor que parece decirnos que cinco años dan para ser sabios, para mirarnos a la cara y recordarnos que hay cosas que no se marchitan, por mucho que lo intente el paso del tiempo, el cáncer (puto cáncer), o las novias malas de mala leche.
Hoy, ya podrán venir Cervantes, Saramago y Víctor Hugo (mis tres mentores) con su plática exacerbada acerca de la poética y no sé qué mierdas más, que la única poética que quiero seguir es la de esa sonrisa que hace nacer flores como esta.
Concluyo.
A ti, querido editor de esa potente editorial que busca nuevos talentos para hacer negocio: no busques más. Ya me encontraste. Eso sí, me veo en la obligación de comunicarte que, desde hoy, en el contrato de edición de mi novela: “Contigo”, ha de haber una cláusula bien clara por la que todas las partes se comprometan a que la flor de Carmen aparezca en el lomo de la misma. De no ser así, prefiero que me olvide el mundo, excluido de los flashes, de las firmas y de las ferias, que ya tendré bastante pago con saberme poseedor de la flor de una niña.
Un último apunte, esta vez para Carmen:
Ante esta vida que atenta sin razones contra seres de amor y paz, como tú, solo me queda abandonarme a la ficción. Mis palabras harán que tu flor nunca se marchite, que permanezca siempre joven, naciendo cada día en el recuerdo de tu sonrisa.
Tú solo preocúpate de no crecer.
Por favor, sigue siendo niña en el cielo.
