miércoles, 17 de septiembre de 2014

Tíldeme usted, por favor


Tras un periodo de inactividad merecido, cuanto menos (si no soy yo quien lo defiende, ¿quién vendrá a aplaudirme las próximas vacaciones?), vuelvo a las letras, pese a no haberme ido nunca, que el que nace escritor, muere escritor, tanto da si la palabra juega en terreno auditivo o si, por el contrario, viene a hacerse eterna muriendo sobre el papel.


Las vacaciones son buenas, no descubro nada nuevo a nadie, salvo, quizá, a ese adicto al trabajo que, en realidad, no deja de ser un tipo asocial que mata su desidia a golpe de pico y pala. Para el resto, para el vulgo ordinario, las vacaciones son esos periodos soñados que nos permiten seguir soñando el resto del año. ¡Claro que están bien!, ¡vacaciones para todos! Y, si se me permite, ¡vacaciones para todo! Siempre y cuando tengamos presente que el término vacacional, como ya dijimos, hace siempre referencia a un periodo muy concreto en el tiempo.

¿Por qué digo esto? Porque hay quien sueña con vacaciones perpetuas (o sea, con no dar un palo al agua), perdiéndose el significado del vocablo y hay quien, aún trabajando todos los días, parece haberle dado vacaciones indefinidas a las herramientas y técnicas con las que trabaja. ¿Qué es este galimatías? ¿A qué viene tanto jaleo con estos “días sagrados” (según calco semántico del inglés)? 

Lo diré claramente: viene a que estoy cansado de que nadie denuncie, como Dios manda (si es que Dios sabe de estas cosas), el eterno descanso, vacación, periodo de asueto y flojera de la herramienta que, seas quien seas, te dediques a lo que te dediques, manejas con mayor asiduidad en tu día a día: tu idioma. Y digo esto porque me molesta ver el mal uso que, del mismo (sobretodo por escrito), hacen supuestos gurús de la sabiduría, la cultura y el espectáculo. Dicho de otro modo: las eternas vacaciones que parecen permitirse respecto al uso del idioma.

Vale, puede que pienses que ha sido una introducción demasiado larga e innecesaria hasta llegar al meollo del asunto, pero lo cierto es que en la introducción está implícita la denuncia que es, a la vez, el motor de estas palabras. Vamos, que ya he dicho todo lo que quería decir. De todos modos, y dado que el espacio en blanco del que dispongo, es inversamente proporcional a las doctas mentes de estos gigantes del idioma, aprovecharé para resarcirme, cual venganza poética ante una afrenta que nunca supuso desafío real.

Querido lector, que ahora malgastas tu tiempo leyendo este insufrible artículo post-vacacional, permíteme darte un consejo: huye de quien, adornados los despachos, páginas webs y demás basura curricular con cientos, con miles e, incluso, millones de títulos, premios, loas y glosas en loor de su nombre, se anuncia o firma artículos con evidentes faltas de ortografía. ¡Huye como de la peste! No se trata de educación (que también, señora, porque la buena ortografía es propia de la buena educación, tal y como ocurre con la buena presentación y la limpieza), se trata más bien de la fiabilidad que la profesionalidad de quien no lee, no ha leído ni tiene el más mínimo interés en utilizar, siquiera, el corrector del procesador de textos de turno, deja en evidencia a la hora de anunciarse por escrito.

No me refiero a una sola falta de ortografía, ni a dos, ni siquiera a tres (todos cometemos faltas de ortografía, sobretodo si nos puede la prisa por ver morir, como dijimos, a las letras sobre el papel). Me refiero a reiteradas ausencias de tildes (tíldeme usted, por favor), signos de exclamación o de interrogación ausentes (en nuestro idioma suelen incluirse, también, al principio del enunciado… Damn English!), letras que desaparecen, expresiones coloquiales… En definitiva, me refiero a unas vacaciones perpetuas del buen gusto y mejor uso de nuestro idioma.

No hay buen profesional que pueda permitirse semejante lujo. Las vacaciones están cada vez más caras como para hacerlas eternas y el asueto es bueno siempre y cuando sea pasajero. 
Huid, huid lejos de quien embarca su idioma en un crucero, para no volver. A estos, les importa más disfrutar del sol, que iniciar el trabajo con espíritu renovado.


¡Oiga!, no me venda usted la moto con “b”.