Hay momentos, en la vida, que resumen lo que una persona es capaz de conseguir, pues dejan en evidencia hasta dónde esta persona es capaz de soñar. Uno de ellos (usted perdone si rompo, con mis palabras, la idea que, hasta ahora, tenía acerca del amor), es cuando el ser humano se encuentra, frente a frente, con ese otro ente que es reflejo de sus anhelos, esperanzas y deseos, ese “otro yo” que, desde su propio plano existencial, parece haber venido al mundo con el único fin de aparecérsenos, cual imagen mariana, vestido de sentimiento arrebatador, magno y fastuoso, a solucionarnos la vida con una simple sonrisa.
Me estoy refiriendo, por si el astuto lector aún no ha hecho uso de esa astucia que lo cataloga, a esa otra persona a la que llamamos pareja. De esas, de las llamadas parejas, hay mucha tipología suelta en el mercado, aunque pocos demandan tal variedad; antes bien, suelen confundirse remiendos con soluciones, y ya es sabido aquello de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, por lo que son cientos los que, por aquello de tener un tesoro (un poco pasado, pero tesoro, al fin y al cabo), y por aquello de no seguir buscando (no vaya a ser que perdamos lo encontrado y, ¡aún mayor sacrilegio!, nuestro tiempo), se quedan, sumisos con el primero (o la primera) que pasa.
Ahí se nos va un alto porcentaje de la población emparejada, seguido de cerca, el siguiente bloque, por ese alto número de bobos que olvidan lo que son en favor de lo que sus parejas quieren llegar a ser. Si al primer grupo pudiéramos bautizarlos como “los conformistas”, a este otro que ahora presentamos, bien nos convendría llamarles “los alienados”. Ya Tomás de Aquino (que tenía tanto de santo como de sabio) decía que la alienación era ese instante en que el demonio, aburrido de tanto cuerno y tanto rabo, decidía meterse dentro del hombre, poseyendo su razón y entendimiento. A Tomás no le falta razón, que hay parejas más endiabladas que el mismo diablo (y algunas, incluso, con más cuernos), y es que los alienados, más allá de súcubos y de íncubos, parecen perder sus aspiraciones, deseos e ideas para llegar a convertirse en simples apósitos de sus parejas. ¿Quién no conoce a alguien que ha perdido amistades, gustos, aficiones, trabajos e incluso familia por permanecer al lado de su ser querido (más bien “querido ser”)? Ahí están, ahí les tenemos, gritemos todos juntos, hermanos: ¡bobos!, ¡alienados!, ¡aleluya!
Por si no tuviéramos bastante con la legión de conformistas (“me casé porque era lo que tocaba… y fue contigo porque has sido mi pareja toda la vida…”), y con la cohorte de alienados (“¿Yo? ¡Sin ti yo no soy nada! De hecho, nunca lo fui hasta que te conocí…”), tenemos muchas modalidades más, muchas maneras de amar, ¡o mejor!, de transformar el amor en enfermedad, de hacer de algo vivo un hosco movimiento hacia la muerte, de malentender y tergiversar lo que, a buen seguro, fue creado para potenciar el entendimiento, el respeto y, en definitiva, para dar al mundo más luz.
¡Qué injustas son las palabras! A todo este crisol de tipologías amatorias, incluso a las que más se acercan a la verdad (con permiso de Tomás de Aquino), alguien quiso referirse con un único término.
-¡Llámalo amor! -Dijo. Y se quedó tan pancho.