La noche, de luna creciente y confusas sombras, ha encontrado a estas dos figuras en mitad de su oscuro idilio.
Ambos se saludan, parece que se conocen.
-Hace mucho tiempo que no te veo por aquí -dice uno.
-He vuelto al barrio -le contesta el otro.
A este último, por ponerle nombre y facilitar la labor de este humilde narrador, vamos a llamarle Esteban. Al otro, al que inició la conversación, le bautizaremos como Osa, pseudónimo
o nombre real, tanto da, que los nombres son solo el reflejo de lo que proyectamos.
-Esto no ha cambiado mucho -dice Osa-, la gente sigue como
siempre, y la luna continua empeñada en iluminarnos de más.
-Perfecto, entonces -contesta Esteban-. Necesito encontrar el mismo
barrio de sueños.
-¿Lo necesitas? Entonces ya sé qué haces por aquí. No me
digas que vas a reescribirlo -dice Osa tras una pausa.
-Algo parecido. Voy a revivirlo.
-¿El as de corazones?
Hay un silencio entre estos dos personajes, pero siguen comunicándose,
por más que, ahora no podamos escucharlos, como si la noche les
sirviera para ocultar algo más que el rostro.
-Entiendo -dice Osa-. Muchos se alegrarán por aquí, ya verás
cuando se enteren María, El Curda, Hugo…
-Me tienes que guardar el secreto.
-¿De verdad? ¿No piensas decírselo? -Esteban asiente en las sombras,
pero su sonrisa parece dar algo más de luz al callejón.
-Esa sonrisa… Esa sonrisa es la de hace años.
-No, Osa. Esta sonrisa es aún mejor, porque tiene más experiencia.
-Suenas como Él sonaría. Dices las mismas cosas.
Esteban ríe al escuchar las palabras de este amigo sombrío que se
esconde en la oscuridad, cada vez que la luna intenta delatar su
mirada.
-¿Cómo llevas tus poesías?
-Mal -contesta Osa-, muy mal. Ya no quedan versos en la noche bohemia.
-Pero tú eres el corazón de la tormenta…
-Hace mucho tiempo de aquello, Esteban.
-¡Y sin embargo mi sonrisa ha aumentado! ¿Por qué no habrías tú de
retar al tiempo para alcanzar lo que te pertenece?
-Sigues sonando como Él…
De nuevo la risa de Esteban. De nuevo un rayo de luna que alcanza,
fugaz, el rostro de Osa.
-Se te ve poco feliz, amigo.
-Echo de menos aquella sana alegría que hacía que, al entrar en los
bares, rellenara cien servilletas con cien versos bohemios.
Ya no me quedan palabras.
-Yo creo, en cambio, que las tienes todas. Tal vez por eso no
sepas por cuál empezar.
-Otra vez Él…
Maúlla un gato que camina por el tejado, increpando a la luna su amor
hacia la única estrella que se ve, esta noche, en el cielo.
-Tienes todas las poesías, Osa, tienes todas las palabras.
Todos los callejones y todas las noches, cada rincón oscuro
que inspiraría al modernista más triste, cada plaza en calma
ante la fría madrugada. Tienes este barrio de sueños, y los bares
de cien barrios más y, sobretodo, tienes la libertad de sonreír por
lo que eres: un corazón que ama.
-¡No digas tonterías Esteban!, ¿y a quién amo yo?
-A la noche, a las estrellas que no se ven, a todo el frío de
una madrugada que siempre viene a morir en tus ojos, a la vida que te
acompaña…
-Nadie me acompaña, amigo. Estoy solo.
-Te equivocas. Te tienes a ti.
Si escuchamos con atención en esta noche oscura, un eco lejano
parece envolver la calma de esta conversación prohibida.
“Te tienes a ti”, se oye, “te tienes a ti…”, como una canción que
nunca se compuso más que para ser cantada por una estrella.
Esteban sonríe y alza, a la altura del rayo de luna que sigue
empeñado en dar luz al rostro de Osa, un naipe: el as de corazones.
-Te tienes a ti -dice Esteban-, y dentro de poco, volverás a tenerle
a Él.
-Es mágico -susurra Osa, mientras coge el as-, siempre lo ha sido.
-¡Vamos, amigo! -exclama Esteban-, demostrémosle al mundo que no
hay palabras para tanto verso como dicta el corazón, y revivamos
todo lo que está escrito para hacerlo real a base de sonrisas.
-¡Necesito una servilleta! -exclama Osa.
-¡Vino y servilletas!
-¡Y poesía!
Ambos se alejan, sonriendo.
En un instante, este callejón oscuro del madrileño barrio de Lavapiés
terminará por desaparecer, porque, en realidad, nunca estuvo aquí,
como esta luna creciente que mira a su única estrella, o como estas
dos sombras, de quienes ni el eco queda ya, que han terminado por
desvanecerse en una noche que ya termina, como deberían terminar
todas las buenas historias, aunque surjan de una conversación que
nunca existió: con la esperanza puesta en una sonrisa.
A Osa, con amor prohibido desde la noche bohemia.
:)
